martes, octubre 17, 2006

Fotocopias

Es algo que vengo observando desde hace algún tiempo. Basta con pasarse al centro de cualquier ciudad para darse cuenta de que, cada vez más, vamos conjuntados, vestidos iguales como hermanos preescolares. De que todos somos fotocopias.

Hace unos veinte años, la gente joven se enmarcada en alguna de las llamadas “tribus urbanas”: punkies, skins, siniestros, pijos, progres… cada uno tenía su espacio y su modo de vestir, y el mero hecho de salir a la calle se convertía en una verdadera declaración de intenciones.

En esa época no había Zara, y cada uno tenía que buscarse la vida para encontrar ropa, ir a mercadillos, tiendecillas ocultas de las que te habían hablado. Sin embargo, los tiempos cambian, y el vestir, como casi todo, se ha vuelto mucho más cómodo. Ya no se rebusca en mercadillos, sino que, como borregos, acudimos a la llamada del grupo Inditex.

Sólo hay darse una vuelta por el centro: mientras que la mayoría de las tiendas están completamente vacías, en el Pull&Bear o el Zara de turno casi siempre hay colas. ¿La razón? Muy simple: venden ropa barata, que aguanta como mucho una temporada y que además es lo que se lleva en ese momento. ¿Quién se puede resistir? Nadie.

Es ahí donde radica el problema: se han eliminado las diferencias, las tribus, la imaginación. Todos acabamos en Zara, probándonos pantalones, camisetas sin personalidad, engrosando las filas del ejército anónimo que, uniformado, toma las calles cada día.

Por este motivo decidí hace algún tiempo que debía restringir mis compras en Zara, que debía buscar otros lugares donde renovar mis camisetas, que iba a empezar a customizar mi mochila, que era hora de diferenciarme. Y la verdad es que está funcionando bien: hace ya mucho tiempo que no coincido con alguien, y eso es, en los tiempos que corren, una hazaña.

Una última reflexión: ¿no os parece curioso que la fiebre del tuning haya surgido precisamente en este momento?

jueves, octubre 12, 2006

Un abrazo

Aquellos que me conocéis mejor sabéis que soy una persona bastante cariñosa. En general, siempre he preferido un buen abrazo a un apretón de manos, porque éste resulta mucho más reconfortante; además, aquellos que se han acostumbrado a mi saludo, al verme abren los brazos, esperando su diaria dosis abracil.

A través de una amiga, me ha llegado un vídeo en el cual un hombre camina por la calle enarbolando un cartel en el que puede leerse: “FREE HUGS”, dedicándose a dar abrazos a todo aquél que se lo pide.

El vídeo, que ha conseguido arrancarme más de una sonrisa, me ha hecho pensar en lo necesitada que está la gente de un poco de cariño. A medida que crecen las ciudades, éstas se vuelven más impersonales y acabamos por cerrarnos en nosotros mismos: un mendigo, una anciana cruzando peligrosamente la calle, acaban por volverse parte del paisaje urbano. De hecho, si nos acercásemos a la anciana para ayudarle a cruzar, nos miraría recelosa y rechazaría nuestra ayuda temiendo ser víctima de un atraco. Y eso me resulta muy triste.

Volviendo a casa, hoy me he cruzado a una chica con los ojos llorosos. Por algún motivo la he seguido con la mirada un rato, dudando en acercarme a consolarla, o no. Parecía necesitar que alguien se interesara por ella, una sonrisa, una palabra amable, nada más. Sin embargo, me he decantado por la opción lógica: he mirado al frente y la he dejado pasar. Si me hubiese acercado a ella, lo más probable es que se hubiese asustado, sintiéndose amenazada; con todo, una parte de mí me dice que no debería haberle negado ese abrazo.

Como ir abrazando a la gente por la calle puede acabar trayéndonos problemas, os invito a hacer algo más fácil: abrazad a vuestros amigos. Abrazadles sin motivo aparente, simplemente porque les queréis. Ya veréis como, igual que pasa con las patatas fritas, una vez que empiezas, ya no puedes parar.

Porque aunque os parezca un poco tonto, si todos empezamos a abrazar a nuestros amigos, y nuestros amigos hacen lo mismo con sus amigos, tal vez un día ya no haya chicas llorando por la calle.

Un abrazo a todos. Feliz puente.

miércoles, octubre 11, 2006

Vivir para siempre

Lo siento. Sé que prometí escribir sobre cosas más mundanas, pero la idea de la Vida Eterna me mantiene despierto, dando vueltas, intranquilo. Me ha sacado de la cama con ganas de escribir un poco.

Hace unos años, pensando en la muerte de mi abuelo Gregorio empecé a madurar la idea de Vida Eterna que hasta ahora me ha resultado más convincente. La idea de un Cielo infinito, donde revolotear (¿acaso los ángeles no andan?) durante toda la Eternidad no me acababa de tranquilizar. Llamadme escéptico, pero no lo acababa de ver.

Cuando llegamos al mundo, lo hacemos solos. Excepto nuestra familia, nadie cuenta para nosotros, y nosotros no contamos para nadie. Estamos prácticamente solos.

Sin embargo, eso cambia a medida que crecemos: nuestra vida se convierte en una pasarela por donde desfilan compañeros de guardería, de pupitre, de equipo; seños, profesores… amigos. Poco a poco, nuestro mundo se ensancha, y dejamos de estar solos.

Mucha de esa gente está simplemente de paso. Llegan, hacen lo que tienen que hacer y se van, cayendo en el olvido al cabo de poco tiempo. Sin embargo, a veces llega alguien que consigue marcarnos, que nos cambia para siempre, que se queda en nuestra vida. Así, muesca a muesca, todos cambiamos, crecemos.

Dicen que somos la suma de nuestras experiencias. Yo puntualizo: somos la suma de nuestras experiencias y de la gente que pasa por nuestra vida. Porque siempre habrá una parte de ellos que vivirá para siempre con nosotros, y una parte de nosotros que vivirá para siempre con ellos.

Partiendo de esa premisa, creo que mi abuelo seguirá vivo mientras mantengamos vivo su recuerdo su recuerdo. Mientras le echemos de menos. Eso es, al menos para mí, la Vida Eterna: ser recordado por aquellos a los que quisiste. Porque yo no necesito una Eternidad; me basta con haber dejado un buen recuerdo en la gente con la que traté. Y no es poco.

Un beso, abuelo. Te echo de menos.

domingo, octubre 08, 2006

El hombre que quiero ser

Espero no estar volviéndome demasiado profundo últimamente. Aquellos que me conocéis mejor sabéis que hay temporadas en que de repente me da por plantearme las cosas, por comerme la cabeza. Supongo que sólo quiero hacer las cosas como Dios manda.

Desde que anoche vi “El hombre del tiempo”, he estado pensando en que será durante estos años cuando me convertiré en el hombre que seré el resto de mi vida. Y eso supone, al menos para mí, una gran responsabilidad. Puede que por eso me esté planteando tantas cosas últimamente, puede que por eso duerma menos, preocupado, pensando en mi vida, en las cosas que debo hacer mejor. Tengo que mejorar. Mucho. Pero estoy dispuesto a sacrificarme, y supongo que eso es un buen primer paso.

Cito a Dave Spritz, protagonista de la película: “I remember once imagining what my life would be like, what I'd be like. I pictured having all these qualities, strong positive qualities that people could pick up on from across the room. But as time passed, few ever became any qualities that I actually had. And all the possibilities I faced and the sorts of people I could be, all of them got reduced every year to fewer and fewer. Until finally they got reduced to one, to who I am. And that's who I am, the weather man.”

Esta semana de insomnio he visto a la persona que quiero ser. Y estoy decidido a llegar hasta allí, cueste lo que cueste. No me perdonaría llegar al final del camino, mirarme al espejo y ver a un completo desconocido.

viernes, octubre 06, 2006

Un simple beso

Echo de menos estar enamorado, echo de menos un beso sincero, que te corta el aliento, que te hace cerrar los ojos y perder la noción del tiempo, que te hace sentir que hay algo en el mundo que es sólo para ti; que te hace gritar de alegría, sentirte vivo.

Después de tantos años de idas y venidas sentimentales, alegrías, errores, arrepentimientos y momentos irrepetibles, me he topado con un texto que describe lo que para mí supone estar enamorado:

“Quiero estar más con ella, quiero estar con ella todo el tiempo, quiero contarle cosas que ni siquiera te contaría a ti o a mi madre. Y no quiero que ella tenga otro novio. Supongo que si tuviese todas esas cosas, realmente no me importaría tocarla o no”.

Es curioso, pero al final, mirando hacia atrás, uno se acaba dando cuenta de que lo mejor de todo eran los besos. No los desaprovechéis.

martes, octubre 03, 2006

De Satélites, Japos y Camisetas

Después de la intensa jornada de ayer en el IAC, todo apuntaba a que hoy todo el mundo estaría más relajado. Y así ha sido.

Después de llegar perdiendo el culo a la Ciudad de las Artes y las Ciencias (mi coche lleva dos días en el taller para que le cambien un simple manguito y me toca coger dos autobuses para llegar), he entrado en la sala que me ha sido asignada casi cuando empezaban las conferencias. La asistencia, bastante alta, me ha hecho prever una mañana interesante, y la verdad es que el tema de hoy (“Earth Observation Tech”) daba bastante de sí. Como prometí ayer, no os aburriré con detalles técnicos, así que sólo diré que aunque el nivel de las conferencias es muy alto, he conseguido enterarme de casi todo. ¡Tal vez las cosas que nos enseñan en Teleco al final sirvan para algo!

Y aunque dicen que el saber no ocupa lugar, a mí me había abierto el apetito, aunque no era el único. Me he encontrado a casi todos los voluntarios en la sala de arriba, esperando a recoger el ticket. Después de la experiencia en el Subway (realmente los mejores bocadillos de comida rápida que me he tomado nunca), hoy tocaba el Pans, donde no han estado demasiado espléndidos, así que ya veremos dónde nos mandan mañana…

Después de comer, antes de pasarme por Teleco, he conocido a unos estudiantes japoneses, Takashi y Nagashi. Por lo visto, están especializados en la construcción de “Water Rockets” o, lo que es lo mismo, en propulsar pequeños cohetes con gaseosa y un hinchador. Según dicen, son capaces de alcanzar alturas de 20 metros, así su demostración, que será el jueves a eso de las 3, promete. Por cierto, me han pedido que les haga de intérprete, así que si os pasáis a verlo, es probable que me veáis.

Acabaré diciendo que, por mucho que me lo prometiera el Jefe de Prensa, la camiseta que me identifica como voluntario, talla S, no ha cedido. Afortunadamente (para mí y para todos los que me tienen que ver embutido en ella), he encontrado una voluntaria con una M que le viene enorme. Mañana haremos el cambio y por fin volveré a ser persona.

Nice to meet you

Como algunos ya sabréis, hace un par de semanas me presenté voluntario para ayudar en el IAC 2006, que se celebra en la Ciudad de las Artes y las Ciencias durante toda esta semana. Como no es mi intención aburriros con detalles sobre conferencias, briefings técnicos y demás, haré hincapié en mis impresiones tras la primera jornada de este 57 Congreso Internacional de Astronáutica.

En primer lugar, quisiera destacar la calidad humana de todos los participantes: hoy he tenido la oportunidad de tratar con la plana mayor de la industria aerospacial con una normalidad increíble. Sin duda, lo que más me ha sorprendido es el enorme interés que se pone en los estudiantes. Es habitual entablar conversación con los congresistas, que se muestran realmente interesados en nuestros estudios: qué hacemos, qué queremos… Y eso es algo que, fuera de este foro, sería completamente impensable.

Y es que este Congreso tiene algo: es muy sencillo hablar con todo el mundo, todo son sonrisas y la gente está deseosa de pasárselo bien. Así da gusto.

El botín de la zona de expositores ha sido bastante variado: un par de pines japos, un póster muy chulo de la ESA, pegatinas de la CSA y un pack con un llavero y un boli coreanos. Como he ido por la tarde, algunas cosas se habían acabado, así que mañana intentaré pasarme temprano, a ver qué pillo.

Hoy acabaré destacando la importancia del inglés en este tipo de reuniones: desde que se entra al recinto, hasta que se sale, sólo se habla en la lengua de Shakespeare. Y para los más pesimistas, un aviso: aunque el español medio tiene un pésimo dominio del inglés, franceses, italianos, chinos y japoneses son aún peores. Y eso ya es decir.

Por cierto, ¿sabíais que la Estación Espacial Internacional pesa 186,000 Kg? ¡De bolsillo, vamos!

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