Lo Trágico es Magnético
No sé por qué, pero tomé el camino largo para llegar a la facultad: que si un rodeo por aquí, que si otro por allá… total, no había prisa, ese día no tenía clase y simplemente debía acudir a un par de reuniones que sabía que no merecían demasiado la pena.
En un semáforo, de repente, me vino el blog a la cabeza: llevaba casi una semana sin escribir, y las ideas parecían evaporarse justo antes de llegar al teclado; el último artículo me había dejado vacío, devastado, avergonzado. No tenía ganas de escribir nada.
Empecé entonces a pensar en la vida en sociedad, el modo en que nos relacionamos; en la compleja madeja de vínculos en que acabamos atrapados, en cómo todos nuestros actos encuentran eco en nuestros semejantes. Puede que a veces haya que callarse cosas; no es bueno reabrir heridas: bastante tenemos ya con lamernos las propias.
Todo eso me había dejado un poco jodido. Puse algo de música. Nada especial, la canción de siempre, Mr Brightside, de The Killers, y la cosa mejoró. No mucho, pero mejoró. Luego, como si supiera lo que necesitaba, el iPod fue empalmando temas animosos, energizantes. Parece tener un sexto (técnicamente, un primer y único) sentido, capaz de elegir aquello que más necesitamos… o tal vez, puede que simplemente toda mi música se parezca, como una lista de reproducción de Pandora.
Más animado, empecé a darle vueltas a algo que ya había hablado con mi amigo Paco en más de una ocasión: ¿puede llegar una buena canción llegar a despojarnos de nuestras emociones, imponiendo las suyas? ¿Hasta qué punto nos influye la música que escuchamos? ¿Es posible vivir de sentimientos prestados?
El tema no es baladí. Por muchas vueltas que le doy, no encuentro respuesta a la pregunta de si escuchamos canciones tristes porque estamos tristes, o simplemente estamos tristes porque escuchamos canciones tristes.
Argumentos a favor y en contra de cada una de las posibilidades, hay a montones; basta recordar alguna noche de insomnio, quemando las horas cascos en ristre. ¿Estamos tristes, o nos ponemos tristes? Supongo que la música no sólo amplifica nuestros sentimientos, sino que nos proporciona nuevas experiencias, no nos deja indiferentes. Además, mola. Por eso nos gusta tanto.
Quisiera, por fin, acabar rompiendo una lanza a favor de las canciones tristes. Como cuando eras pequeño y te ponían agua oxigenada, si algo te duele, es que cura. Pues debe de pasar un poco lo mismo con las canciones tristes: no nos podemos desenganchar de ellas porque, además del problema, forman parte del proceso de cura. Porque lo trágico es magnético, y en el fondo eso es algo que nos gusta.
