viernes, noviembre 03, 2006

Abrazos Gratis en Valencia

Ayer me llegó este e-mail que me gustaría compartir con vosotros:

"Soy Jano, el del vídeo de "Abrazos Gratis" en Valencia. Para todos aquellos a los que os gustó el vídeo y os dieron ganas de repartir abrazos a todo el mundo os informo de que vamos a repetir la experiencia pero esta vez con muchos carteles. Se va a animar mucha gente gente, pero cuantos más seamos, mejor.

Bueno aquí va toda la info: el punto de partida será la Plaza del Ayuntamiento, el día el sábado 4 de noviembre. Cada uno pone su cartel, quedaremos allí a las 3:30.

Nosotros llevaremos bocadillo para comer en la misma plaza, y luego daremos una vuelta por el Carmen. Todo el que quiera venir por supuesto esta invitado a lo que promete ser una buena tarde."

El vídeo de abrazos gratis en Valencia lo podéis encontrar en este enlace.

¡Un abrazo a todos!

jueves, noviembre 02, 2006

No hagas hoy...

En uno de los flexos de mi habitación falta una bombilla. La anterior se fundió hace seis o siete meses, y desde entonces me veo obligado a robarle la suya a mi hermana cada vez que necesito iluminar toda mi mesa, algo que sucede bastante a menudo.

Lo que comenzó como un parche temporal ha acabado perdurando, y aunque cada vez que lo tengo que hacer me prometo a mí mismo que esa será la última vez, que al día siguiente iré a la tienda y compraré una bombilla nueva, al cabo de un par de semanas me veo en el cuarto de mi hermana, desmontando su flexo.

Me intriga esta tendencia del hombre a retrasar las cosas lo máximo posible: bajar la basura, barrer, devolver un DVD del videoclub, comprar el pan… son tareas ingratas que siempre pueden esperar, aun a sabiendas de que finalmente nos veremos obligados a llevarlas a cabo. Entonces… ¿no sería más lógico hacerlas lo antes posible para así librarnos de ellas?

Hoy he tenido que volver a tomar prestada la bombilla de mi hermana, pero es la última vez. Mañana compro una bombilla. Palabra.

martes, octubre 31, 2006

Familia

Esta tarde he pasado un rato en casa de mi abuela, revolviendo entre viejos álbumes, escuchando historias de gente que hace tiempo que murió. Tomando conciencia de quién soy, de dónde vengo, de mi familia.

Como algunos sabréis, tengo la suerte de pertenecer a una familia grande, de esas que se pueden agrupar al grito de ¡treinta y tres! en el recuento cruceril. Y aunque cada uno de nosotros es distinto a los demás, todos formamos parte del mismo puzzle, compartimos el mismo legado, la misma identidad. Somos una familia.

Pasando las páginas, no he podido evitar estremecerme al ver las fotos de mis bisabuelos, de tíos y primos lejanos, gente que nunca conoceré y que sin embargo siento cerca. ¿No resulta curioso? ¿Qué es aquello que les ha trascendido, que hace que les sienta míos a pesar de la distancia de los años? La respuesta parece simple; todos pertenecemos a la misma familia, donde todos cobramos nuestro significado. Como fibras de un mismo tapiz, somos uno y somos muchos.

Os invito a pensar un poco en vuestras familias; investigad un poco, zambullíos en vuestra historia, descubrid quiénes sois. Porque muchas veces la respuesta no consiste en saber hacia dónde vamos, sino de dónde venimos.

miércoles, octubre 25, 2006

El Dilema del Erizo

“Un erizo quería estar más cerca de sus amigos, quería que se preocuparan por él y que lo comprendieran, pero cuanto más se acercaba a los demás, más los lastimaba.”

El dilema del erizo establece, por tanto, que cuanto más cercana sea la relación entre dos seres, más probable será que se hagan daño el uno al otro; en cambio, si se mantienen alejados, tendrán que soportar la soledad.

El concepto, que conocí a través de una serie de anime (Neon Genesis Evangelion), siempre me ha inquietado. La fábula, obra de Shopenhauer, es una metáfora de cómo la gente se lastima y es lastimada por su propia imperfección e incomprensión; nuestra naturaleza, como en el caso del erizo.

Podemos imaginar a unos erizos que, en busca de calor y compañía sufren, igual que nosotros, un encuentro traumático donde al acercarse a alguien, incluso con buenas intenciones, pueden herir y resultar heridos. La mala noticia para los pobres erizos es que el mundo es hoy como un rosal inmenso: no sólo podemos salir heridos de nuestros encuentros con las personas, sino es también la propia vida la que puede herirnos a nosotros.

Sigmund Freud usó el dilema del erizo en psicología para explicar el por qué del aislamiento. Como los erizos, ante la adversidad, podemos optar por alejarnos de todo y todos, establecer una distancia de seguridad que nos mantenga alejados de los demás, que nos proteja.

Hay gente que, sin llegar a rechazar a las personas, sí rechaza aquellas relaciones serias donde pueda llegar a exponerse. No estoy hablando por tanto de personajes inadaptados, ermitaños, solitarios; sino de gente que no se enfrenta a aquello que le pueda llegar a herir, gente que niega la realidad que le hace daño. Gente que ni da ni recibe, que exige apoyo y lealtad incondicionales; si alguien les hiere, entonces es que les ha traicionado.

Muchos, para evitar ese dolor, además, optan por convertirse en armadillos: endurecen su piel, perdiendo paulatinamente la posibilidad de sentir el calor de los demás y de compartir el suyo propio a cambio de protegerse de las espinas de aquellos a su alrededor. Son gente que confunde la dureza con la fortaleza, que cree que su armadura les hace fuertes, invulnerables, cuando en realidad les convierte en unos inválidos sentimentales. La fortaleza es afrontar los problemas, no resignarse en la aceptación de los mismos.

A lo largo de mi vida he herido y me han herido mucho y, aunque he estado tentado de ello, eso no me ha hecho aislarme. Siempre he creído en los demás; tengo mucho dentro que dar, y me queda demasiado por aprender. El aislamiento, por ser una solución fácil, sólo embrutece al que la elige, y no te da casi nada a cambio.

La vida entraña cierto riesgo, es cierto, pero debemos aprender a valorar tanto las cosas buenas como las malas que nos encontramos en ella. Debemos levantarnos después de cada golpe, no dejar de dar y recibir. Debemos abrir nuestro corazón, aunque a veces hiramos, aunque a veces nos hieran, porque si no lo hacemos, nuestro paso por este mundo habrá sido irrelevante. Y eso no es una opción.

Por cierto, en realidad los erizos no tienen ningún problema en estar cerca de los demás. Cuando están relajados, sus espinas caen hacia abajo, sin riesgo de herir a nadie. Cuando viven en grupos, a menudo duermen todos juntos...

domingo, octubre 22, 2006

La Hora del Lobo

"La hora del Lobo es el momento entre la noche y la aurora, cuando la mayoría de la gente muere y cuando más gente nace; cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos..."

Siempre me he preguntado por qué a veces me levanto por las noches inquieto sin poder volver a dormirme, con mil pensamientos aullando en mi cabeza, con ganas de sacarlo todo fuera. Ahora lo sé. Es la hora del lobo.

Anoche, curioseando entre blogs desconocidos, leí una reseña de una película de Ingmar Bergman: "La hora del lobo". En dicha película, un matrimonio, compuesto por Johan y Alma Borg, se muda a una isla prácticamente desierta donde Johan, un artista atormentado que se siente acechado por demonios, cada noche, al llegar la hora del lobo le cuenta a Alma sus memorias más dolorosas.

Investigando un poco, descubrí que mucha gente sufre el llamado “síndrome de la Hora del Lobo”; es decir, se despiertan en medio de la noche y pasan una hora en blanco, con mil ideas en sus cabezas. Puede que sea porque a esas horas la barrera entre lo consciente y lo inconsciente se vuelve más fina que nunca, dándole una vía de escape a nuestros pensamientos más ocultos, a cosas que creíamos haber olvidado… permitiéndonos observarnos como de otra forma no podríamos.

Si alguna vez os despertáis a la hora del lobo, no intentéis volver a dormir. Dejad que el lobo haga su trabajo… no os arrepentiréis.

sábado, octubre 21, 2006

Voyeur

Llego a casa y lo primero que hago es encender el ordenador para comprobar los blogs amigos. Puede parecer una tontería, pero la lectura de los blogs me resulta especial. No sé cómo explicarlo, pero a uno le da la impresión de asomarse a la vida de completos extraños, de gente que de cuya existencia nunca hubiera sabido nada de no ser por su pequeña aportación al caos de Internet, su blog.

En una sociedad donde cada vez comunicamos menos, el blog resulta un medio idóneo para dar salida a sentimientos, experiencias e inquietudes. Tal vez sea porque en la soledad del teclado uno puede dar rienda suelta a sus pensamientos, sin temer al tedio; porque la pantalla no juzga, sino escucha. Porque cada vez más padecemos el síndrome del náufrago, que necesita saber que no será olvidado, que su existencia no resultará irrelevante, que alguien abrirá la botella que lanzó al mar, que quedarán huellas de su paso por este mundo.

En esta noche de huevos que caen del cielo, os propongo un experimento: haced clic en el botón “Next Blog” de la barra superior, a ver dónde os lleva. Puede que descubráis que, en el fondo, no estamos tan solos.

jueves, octubre 19, 2006

Pequeños Placeres

Hablando con un amigo, me comentaba que su momento favorito del día era cuando llegaba a casa y se ponía las pantuflas. Decía que no necesitaba nada más para ser feliz; simplemente un par de zapatillas calentitas después de un día fuera de casa.

Eso me hizo pensar en los pequeños placeres de cada día. En todas esas pequeñas cosas que muchas veces no apreciamos, perdidos en nuestros grandes proyectos y expectativas. Pues bien, desde aquí quiero reivindicar el valor de esos pequeños placeres, como dormir una siesta de dos horas, o beber leche del cartón, o pegarse una ducha caliente al llegar a casa en un día lluvioso.

Os invito a que compartáis vuestros pequeños placeres. Porque sin ellos, la vida sería mucho más anodina.

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